viernes, abril 11, 2008

La ventana del baño


A través de la rendija de tu ventana de baño ligeramente abierta, percibo tus codos apoyados sobre las rodillas. Estás inmóvil justo al amanecer cuando, imagino, una necesidad fundamental y poco descrita en la literatura, te hizo despertar y te obligó a dejar de lado esa escena que, creo, te atormenta siempre mientras duermes pero que ya has olvidado como siempre cuando te despiertas y te vuelves racional. Enciendes la luz y yo que divago un piso más arriba que tú me percato de la situación porque te espero. Espero, entonces, con el mismo anhelo de siempre que hagas un movimiento obsceno, que te diviertas un poco con tus caricias o que cantes y te enloquezcas un tanto, aunque sé que eso no pasará y menos cuando el amanecer del lunes es tan frío y poco sexual, poco gracioso.

De un momento a otro te paras y ya no veo ni tus codos ni rodillas, ni ese color de piel naranja plano y hermoso visto parcialmente y que se enaltece gracias a la luz amarilla que he visto cambiar en distintas ocasiones por tu padre. Al instante escucho que abres la ducha y un pequeño vapor se aísla de tu cuerpo. Con la ventana medio abierta de tu baño, aún guardo la remota esperanza de que a pesar del invierno te sofoques, empieces a sudar bajo el agua y entonces debas abrir más de seis centímetros tu ventana para que yo no tenga que agudizar mi vista imaginando el resto de tu cuerpo, los dedos de tus pies y las cicatrices que, imagino, son y tienes gracias a la breve apreciación muy detallada y atenta de los mínimos pezones que dejas que vea sin querer cuando de un momento a otro, en cuestión de segundos, se evaporan, quedan tan limpios...

viernes, marzo 28, 2008

Matiné


Supe que las actuaciones de mi vecina quedaban suspendidas hasta días imprecisos cuando al amanecer del viernes, a cambio de sus habituales desnudos para tomar el sol en su ventana, presencié el cierre de las cortinas blancas del ventanal grande de la sala. El tramoyero fue el mismo hombre que le tocaba la nalga cuando ella se paraba por agua o contestaba el teléfono cubierta con una toalla.

Sin escenario, sin obra privada abierta al público voyerista, busqué entre las páginas del diario las funciones públicas de la mañana. Al poco tiempo me negué a asistir a la inauguración del nuevo sistema de transporte con el Alcalde y a la reunión de socios de la empresa que desde hacía un par de meses me pertenecía en su más mínima proporción.

Aburrido, cerré las ventanas de los cuartos, los ojos y me tendí en la cama con la intención de dormir hasta el lunes, fecha en la cual, creía yo, volvería mi vecina. Dormí diez minutos. Han pasado dos semanas y ni mi vecina regresa ni el tramoyero da indicios de que pronto abrirá las cortinas del teatro. Espero con calma, la cotidianidad no anuncia otras funciones en las demás ventanas.

jueves, marzo 20, 2008

La vecina y su gato


Si tomamos como cierta la afirmación leída: “El hombre puede llamarse civilizado en la medida en que comprende al gato”, puedo deducir que mi vecina, aquella que vive en el segundo piso del edifico de enfrente y toca el saxofón en las tardes y los fines de semana le gusta hacer el amor con su novio en la cocina mientras se preparan platos de receta, es un ejemplo de desarrollo.

Cuando llega a casa, casi siempre en las noches y después de descargar las llaves sobre el mesón donde perduran los libros de cocina que utiliza con su novio los fines de semana, levanta en sus brazos a su gato y se acuesta sobre el sofá. Su mano derecha acaricia el cuello del gatuno mientras, imagino, el animal se adormece y runrunea. Luego lo besa en la frente, se pone de pie y al abrir los brazos veo cómo el animal salta y en el piso, después de un largo bostezo que involucra un estiramiento final de sus patas traseras, camina hacia la ventana como si recién fundara un imperio o lamiera a la mismísima Cleopatra. Mi vecina se queda mirándolo como si en él, en su paciencia, se quedara un poco su alma sin afán mientras ella se quita la ropa y luego, en pijama y con unas pantuflas de león, se mete a la cocina para guisar algo ligero. Ambos no dejan de mirarse. Miau noches.

 
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